El dolor crónico y la fibromialgia…
…siguen siendo, a día de hoy, dos de las realidades más incomprendidas dentro y fuera del sistema sanitario. Muchas personas conviven con dolor persistente sin encontrar respuestas claras, sintiéndose invisibles, cuestionadas o incluso culpables por lo que les ocurre.
En StopFibromialgia creemos que cambiar esta realidad empieza por escuchar, comprender y dar espacio a miradas que integren ciencia, humanidad y experiencia clínica real.
En esta entrevista conversamos con Beatriz, neuróloga especializada en dolor crónico y en Terapia de Reversión del Dolor (TRD), que propone un enfoque profundamente humano e integrador.
A lo largo de esta conversación, Beatriz nos ayuda a entender qué ocurre realmente en el sistema nervioso cuando el dolor se cronifica, por qué la fibromialgia no es un problema “invisible” ni imaginario, y qué papel juegan factores como las emociones, el miedo, el movimiento, el estrés o la historia vital de cada persona.
Una entrevista extensa, honesta y necesaria, que invita a ampliar la mirada sobre el dolor, a cuestionar mitos arraigados y, sobre todo, a devolver esperanza y comprensión a quienes conviven cada día con él.
- ¿Cómo descubriste tu vocación por la neurología y, en particular, por el dolor crónico?
Desde muy joven sentí una profunda vocación por la medicina, movida por el deseo de aliviar el sufrimiento humano y acompañar en los procesos de salud desde un lugar humano y comprometido. Durante la carrera, la asignatura de neuroanatomía y el enfoque apasionado del profesor que la impartía despertaron en mí una fascinación especial por la neurología. Me atraía la complejidad del sistema nervioso y, sobre todo, la profundidad del ser humano en su dimensión psíquica.
Mi interés por el dolor crónico surgió más tarde, durante la residencia en neurología, al ver con frecuencia pacientes que sufrían dolor persistente sin un daño claro que lo explicara, y que no encontraban alivio ni respuestas dentro del modelo biomédico clásico. Esa disonancia —entre lo que el sistema ofrecía y lo que el paciente necesitaba— es lo que me hizo detenerme y replantear mi manera de entender y abordar el dolor.
Fue entonces cuando me formé en Terapia de Reversión del Dolor (TRD), y encontré un modelo mas integrador, no tan centrado en el síntoma, sino en la persona y lo que significa para ella. Un modelo que sale de reduccionismos e integra cuerpo, emoción, cognición y biografía. Para mí, ha sido una forma de ampliar la mirada, de devolver la escucha y la comprensión al centro del proceso terapéutico que es la persona que sufre y su historia que pide ser escuchada y resignificada.
- ¿Qué fue lo que más te sorprendió al empezar a trabajar con pacientes con dolor persistente?
Lo que más me sorprendió fue lo poco que, en muchos casos, estos pacientes se sienten realmente escuchados. A menudo llegan con un largo historial de pruebas, diagnósticos y tratamientos… pero también con una gran sensación de soledad e incomprensión.
Descubrí que cuando se les ofrece un espacio seguro, donde pueden ser vistos y escuchados sin juicio, algo cambia: se relajan, se abren… y en muchos casos, literalmente se les ilumina la mirada. Porque a veces, el síntoma no es más que la expresión visible de un sufrimiento mucho más profundo que necesita ser acompañado, no solo silenciado.
Me impactó ver cómo el vínculo terapéutico y la escucha activa —cosas que en el sistema actual muchas veces escasean por falta de tiempo o por una visión excesivamente técnica— son ya parte del tratamiento. Ahí comprendí que abordar el dolor crónico no es solo una cuestión de ciencia… también es una cuestión de humanidad y conciencia de necesidad de cambio del modelo biomédico tan arraigado desde el que muchas veces se nos enseña, se interprete y se trabaja.
- A lo largo de tu trayectoria, ¿hubo algún momento que te marcara especialmente y te reafirmara en este camino profesional?
Más que un único momento, fue una experiencia acumulada. Durante la residencia aprendemos a ir rápido, a identificar patrones, a diagnosticar y a tratar. Sin embargo, a medida que pasaban los meses, empecé a encontrarme con una realidad que me removía profundamente: muchos pacientes no encontraban alivio ni respuestas, especialmente aquellos con dolor persistente o con síntomas para los que no se identificaba una causa orgánica clara.
Me impactó descubrir que entre el 40 % y el 60 % de las consultas en Atención Primaria están relacionadas con síntomas en los que no se objetiva una lesión estructural. Esto no significa que los síntomas no sean reales; al contrario, el sufrimiento es muy real. Pero sí nos obliga a preguntarnos si el enfoque que utilizamos es suficiente.
Durante ese proceso hubo un punto de inflexión muy importante cuando tuve la oportunidad de rotar durante la residencia, con Ángel Aledo y Víctor Mayordomo, que trabajaban con pacientes funcionales. Pacientes que, al igual que ocurre en muchos cuadros de dolor crónico, no presentan un problema primario en los tejidos o en la estructura, sino en el funcionamiento del sistema. Pacientes que además comparten una profunda sensación de incomprensión tras pasar por un sistema sanitario muchas veces reduccionista, centrado casi exclusivamente en pruebas y hallazgos, y sostenido sobre un modelo biomédico que separa cuerpo y mente y rara vez mira a la persona en su conjunto.
Esa experiencia fue especialmente reveladora porque confirmó la existencia de un modelo y una filosofía distintos a los que yo venía viviendo hasta entonces, y con los que estaba profundamente disgustada y decepcionada. Ver cómo ellos abordaban estos casos me permitió entender que aquello que yo intuía —que faltaba mirada, contexto y comprensión— no era una postura ingenua ni idealista, sino una forma de hacer medicina posible, práctica y real.
Ellos fueron, en ese sentido, un punto de inflexión: me ayudaron a darme cuenta de que mis dudas sobre el modelo dominante tenían fundamento, que mis preguntas tenían espacio clínico y que había profesionales trabajando desde esa misma inquietud, con rigor y con resultados. Ahí entendí que no se trataba de que “faltaran pruebas”, sino de que faltaba modelo.
Esa “gota malaya” diaria de ver sufrimiento no resuelto —tanto del lado del paciente como del profesional que no sabe cómo ayudar— fue empujándome a buscar nuevas formas de entender el dolor y los síntomas. En ese camino encaja después el Máster en Terapia de Reversión del Dolor (TRD), que me proporcionó un marco integrador y coherente desde el cual abordar estos casos, alineado con lo que ya había empezado a cuestionar y a construir previamente.
Fue entonces cuando entendí que el cambio no era opcional. Era urgente y necesario, tanto para los pacientes como para quienes los acompañamos.
- ¿Cómo definirías tu forma de entender el dolor crónico y el enfoque con el que trabajas con tus pacientes?
Para mí, el dolor crónico es mucho más que una señal física: es la punta del iceberg de una experiencia humana profunda, compleja y, a menudo, incomprendida. No se trata de tejidos dañados o señales nerviosas alteradas sino de un sistema de alarma que se mantiene encendido porque el organismo —la persona— sigue percibiendo amenaza.
El modelo médico tradicional, muchas veces se centra exclusivamente en la biología y en la búsqueda de daño estructural y a menudo se queda corto. De hecho, el dolor crónico es uno de los pocos síntomas abordado por casi todas las especialidades médicas —traumatología, reumatología, neurología, digestivo, oncología…— y, sin embargo, sigue sin tener una respuesta realmente efectiva desde muchas de ellas. Cada una mira desde su ángulo, pero pocas veces se contempla al paciente en su totalidad.
Desde mi punto de vista, el dolor no se debería abordar desde el tejido, sino desde la experiencia subjetiva y única del paciente. Es decir, desde su historia, su modelo interno, sus emociones, sus miedos, su cuerpo y su narrativa.
El dolor puede tener una correlación biológica, pero es cognitivo, emocional, conductual y existencial. Trabajamos desde todas esas capas: desde la comprensión del propio síntoma hasta el movimiento, la seguridad corporal, la resignificación, el vínculo terapéutico y el propósito vital.
Lo que se busca no es solo aliviar el dolor, sino acompañar a la persona a transformar su relación e interpretación de él. No se trata de eliminar señales, sino de actualizar el sistema que las interpreta. Y eso requiere trabajar cuerpo y mente de forma conjunta, desde un espacio seguro, honesto y humano.
- Para alguien que nunca ha oído hablar de dolor crónico, ¿cómo lo explicarías de forma sencilla?
El dolor crónico se parece a una alarma de incendios que se queda atascada y suena aunque no siempre haya un incendio (daño en los tejidos visibles a través de pruebas medicas). Esta alarma muchas veces es la traducción de amenaza que hace un sujeto en sufrimiento.
No es una invención ni un síntoma menor: es una experiencia real y compleja, en la que influyen múltiples factores —el modelo interno que tiene la persona sobre el dolor, sus emociones, sus miedos, el movimiento, incluso su propósito vital—. Todos estos elementos se combinan como los ingredientes de una receta que, al mezclarse, dan forma a la experiencia dolorosa.
El dolor crónico es, en muchos casos, la expresión de un sufrimiento más profundo. Por eso, más que silenciarlo, necesita ser comprendido, escuchado y abordado desde esa complejidad. Porque detrás del síntoma, hay una persona que merece ser vista y acompañada.
- ¿Qué diferencias existen entre el dolor agudo y el dolor crónico desde el punto de vista neurológico?
El dolor agudo es una respuesta inmediata y de corta duración que se presenta como una señal de alarma ante una posible lesión, enfermedad o condición médica. Este tipo de dolor tiene una función protectora, alertando al organismo sobre un daño tisular potencial o real. Es adaptativo, tiene una función protectora clara: avisarnos de que algo no va bien y ayudarnos a actuar para evitar mayores daños. Cuando la causa se resuelve, el dolor desaparece a diferencia del dolor crónico.
El dolor crónico, en cambio, se extiende más allá del tiempo normal de curación (habitualmente más de 3 meses), y persiste sin que haya una lesión o daño activo. No es una señal de daño físico sino mas bien una señal de amenaza percibida, muchas veces sostenida por mecanismos neurobiológicos más complejos en donde el modelo interno, la interpretación de amenaza del sujeto y sus experiencias previas tienen un gran peso.
Desde el punto de vista neurológico, en el dolor agudo se observa (por resonancia magnética funcional) la activación de áreas somato sensoriales, mientras que el dolor crónico se produce una migración hacia otras regiones cerebrales más relacionadas con el sistema límbico y la regulación emocional (como la amígdala, la ínsula o la corteza prefrontal medial), lo que refleja que el dolor deja de ser un fenómeno o estimulo sensorial y se convierte mas en una experiencia integral, en la que intervienen emociones, creencias, memoria y contexto.
Por eso, el dolor crónico requiere un abordaje adecuado, que no se centre tanto en los tejidos, sino en el conjunto de la experiencia del paciente: su modelo interno, sus miedos, su estado emocional, su nivel de actividad, su entorno y su propósito vital. Es decir, un enfoque integrador y biopsicosocial.
- Muchas personas con fibromialgia sienten que su dolor es “invisible” y que no siempre se les cree, ¿qué está ocurriendo realmente en su sistema nervioso?
La fibromialgia es una expresión clara de un sistema nervioso que traduce el reflejo de un sujeto que permanece de forma permanente en modo de amenaza, alerta o defensa de forma constante y mantenida en el tiempo. No se trata de que el dolor no sea real (lo es y mucho) sino de que la diana no se encuentra muchas veces donde la buscamos. En estos casos, el sistema nervioso ha aprendido a interpretar ciertos estímulos como peligrosos, incluso cuando no lo son, generando dolor como forma de protección.
Lo que ocurre en el cuerpo de una persona con fibromialgia es una activación constante del sistema de defensa. Esta respuesta no es voluntaria ni imaginaria, sino una reacción neurofisiológica compleja en la que intervienen muchas variables: cómo se entiende el dolor, qué significado se le da, los miedos asociados, la historia vital, el entorno emocional y la sensación de amenaza que puede estar presente incluso sin que uno sea consciente de ella.
En lugar de apagar la alarma, el cuerpo la mantiene encendido. Y eso genera una experiencia real de sufrimiento que no se ve reflejada en las pruebas médicas habituales, lo que lleva muchas veces a que estas personas no se sientan creídas ni validadas. Esa invalidación puede ser incluso más dolorosa que el propio síntoma.
La fibromialgia no es un “problema psicológico” ni un simple “trastorno del ánimo”, sino una expresión del cuerpo ante una vivencia mantenida de amenaza. Es un dolor que tiene raíces profundas y múltiples dimensiones. Por eso es tan importante dejar de reducirlo solo a los tejidos, y empezar a mirar a la persona en su conjunto: su historia, su contexto, sus emociones y sus aprendizajes. Solo desde ahí se puede empezar a construir un nuevo camino de comprensión, acompañamiento y posible reversión del dolor.
- ¿Qué factores, además de lo físico, influyen más en la percepción del dolor crónico?
El dolor es una experiencia compleja y profundamente subjetiva. Es una vivencia individual, cargada de historia, contexto y significado. Por eso, no puede abordarse de forma aislada, como si fuera algo abstracto o generalizable. Hay que tratar el dolor en la persona que lo sufre, no el dolor como entidad.
En cada paciente hay una mezcla única de factores que influyen en cómo se construye, se mantiene y se vive su dolor. No hay dos dolores iguales, y eso exige un enfoque individualizado, donde no tratamos el síntoma sin más, sino que buscamos entender qué lo sostiene en ese caso concreto.
Desde el marco con el que trabajo existen cinco pilares fundamentales que influyen en la construcción y el mantenimiento del dolor:
- Cognición: El modelo interno de la persona, es decir, cómo entiende su dolor, qué significado le da, qué cree que le pasa. Estas creencias moldean la experiencia y pueden perpetuarla si no se revisan.
- Miedo: El sistema nervioso responde a la amenaza. Cuando el dolor se asocia a peligro (a moverse, a sentir, a hacer), ese miedo se convierte en combustible que mantiene el sistema de alarma activado.
- Emoción: Las emociones no expresadas, negadas o reprimidas pueden convertirse en una carga que el cuerpo traduce en síntomas. Muchas veces el dolor es el lenguaje con el que se expresa ese malestar emocional no reconocido.
- Movimiento: El cuerpo necesita moverse para sentirse seguro. La evitación del movimiento por miedo al daño refuerza el bucle del dolor. Recuperar el movimiento de forma progresiva es clave en el proceso de reversión.
- Propósito: Sentirse conectado con algo que dé sentido, con una motivación vital, influye directamente en la experiencia de dolor. El dolor muchas veces aparece cuando la vida se desconecta de aquello que nos importa.
Estos factores no se pueden abordar de forma genérica. Cada persona tiene su propia configuración y su “receta” única del dolor. Por eso, el trabajo debe ser individualizado y personalizado, tratando de entender qué sostiene el dolor en cada caso y ofreciendo herramientas para que la persona recupere su capacidad de agencia, comprensión y sanación.
- ¿Por qué la fibromialgia y otros síndromes de dolor crónico son tan complejos de diagnosticar?
Porque el modelo médico actual sigue muy centrado en buscar daño estructural visible, en la prueba, en lo que se puede medir. Y aunque esto es muy útil para enfermedades orgánicas claras, se queda corto —y a veces incluso inoperante— cuando se trata de sufrimientos más complejos y multifactoriales, como ocurre con la fibromialgia o el dolor crónico.
Tenemos un sistema sanitario muy especializado pero al mismo tiempo profundamente reduccionista: sabe mucho de partes concretas aisladas, pero no siempre sabe ver al paciente como un todo. Cuando no hay pruebas alteradas, muchas veces se invalida el síntoma o incluso se pone en duda al paciente. Pero que no se vea en una imagen no significa que no exista.
El dolor en estos casos suele ser funcional, no estructural. El sistema nervioso está respondiendo con dolor ante una percepción de amenaza, aunque no haya una lesión identificable. Pero esto no se ve en una resonancia ni se mide en una analítica. Y aquí el diagnóstico exige algo que no siempre está presente: tiempo, escucha, empatía y formación en lo humano.
Por eso estos síndromes resultan tan difíciles de abordar: porque desafiaban los límites del modelo biomédico clásico. Requieren de una mirada más amplia e integradora, que reconozca lo que no se vé pero se siente, y que entienda que a veces la validación, la comprensión y el acompañamiento son más terapéuticos que cualquier prueba o fármaco
- Desde tu experiencia clínica, ¿qué suelen tener en común las personas que viven con dolor crónico?
Aunque no existe un único perfil de paciente con dolor crónico —y cada caso debe entenderse desde la singularidad de la persona y su historia—, sí es cierto que, desde la experiencia clínica, suelen aparecer ciertos patrones comunes.
Muchas veces se trata de personas con una elevada autoexigencia, que han vivido buena parte de su vida sosteniendo mucho, cuidando de los demás, priorizando las necesidades externas y desconectándose progresivamente de las propias. Personas con un alto sentido de la responsabilidad —a veces incluso una hiperresponsabilidad—, con dificultades para parar, pedir ayuda o poner límites, que han estado expuestas a periodos prolongados de estrés o sobrecarga sin espacio para la reparación ni el cuidado propio.
En muchos casos, hay una desconexión del cuerpo y sus señales: necesidades, límites, emociones, descanso… como si su sistema hubiera aprendido a ignorarlas para poder seguir adelante. Esto, con el tiempo, pasa factura. El dolor aparece entonces como una especie de “grito del cuerpo” que pide ser atendido. A veces se presenta cuando la persona ya no puede sostener más desde el mismo lugar que lo hacía antes.
También es frecuente encontrar historias de trauma —no necesariamente grandes eventos, sino experiencias más sutiles de invalidez emocional, abandono, exigencia externa, perfeccionismo, miedo al rechazo— que han condicionado la forma de relacionarse con uno mismo y con los demás.
Por todo esto, más allá de buscar una causa física del dolor, es fundamental comprender al paciente en su contexto: su historia, su manera de vivir, de sentir, de sostener y de relacionarse con su propio cuerpo. Solo así se puede hacer un abordaje verdaderamente útil, humano y transformador.



- ¿Qué errores o ideas equivocadas ves con más frecuencia en pacientes que llegan a consulta tras buscar información por su cuenta?
Cuando una persona no encuentra respuestas claras o satisfactorias en el sistema sanitario —tras pasar por múltiples especialistas, pruebas y diagnósticos—, es habitual que recurra a buscar por su cuenta en internet, redes sociales o foros. Lo que empieza como una búsqueda de alivio o comprensión, muchas veces se convierte en una sobrecarga de información sin filtro, sin guía y sin contexto. Esto, lejos de tranquilizar, suele aumentar la confusión, la incertidumbre y la sensación de amenaza, que en sí misma puede intensificar los síntomas.
Uno de los errores más comunes que encuentro es la confusión entre dolor y daño: asumir que si algo duele, necesariamente hay una lesión grave detrás. O pensar que, si no aparece nada en las pruebas, el problema no existe, o es “todo psicológico”, lo cual muchas veces se vive con culpa o vergüenza. También es frecuente ver ideas catastrofistas del tipo: “algo se me está escapando”, “nadie me entiende”, “mi caso es único y sin solución”, o caer en mensajes desesperanzadores (“esto será así para siempre”) o en falsas promesas (“esta técnica lo cura todo”).
Muchos pacientes llegan desbordados, con la sensación de estar “rotos”, sin saber ya en qué ni en quién confiar, habiendo perdido la brújula. Esto, sumado al sufrimiento físico y emocional que ya traen, puede hacerles sentirse aún más solos, confundidos y agotados.
La información en sí misma no es mala, pero la información sin comprensión, sin contexto y sin acompañamiento puede hacer más daño que bien . Parte importante del proceso terapéutico consiste precisamente en ofrecer una nueva mirada, más clara, más humana y basada en la evidencia, que permita al paciente recuperar el sentido, calmar el sistema de alarma y empezar un camino de reconexión y abordaje profundo.
- ¿Cómo es un abordaje integral del dolor crónico desde la neurología?
Un abordaje verdaderamente integral del dolor crónico ya sea desde la neurología o cualquier otra especialidad, debe ir más allá del síntoma físico y contemplar al paciente en su globalidad: su esfera psicológica, social y también existencial. Esto implica salir de miradas reduccionistas centradas únicamente en la estructura o el daño, y adoptar un enfoque biopsicosocial real, en el que se escuche, se comprenda y se trabaje con lo visible y también con lo invisible.
Desde la neurología, el punto de partida debe ser una evaluación clínica rigurosa, con una anamnesis profunda que no solo recoja antecedentes personales y familiares, síntomas y tratamientos previos, sino que también contemple el contexto, la narrativa del paciente y su vivencia subjetiva. A esto se suma una exploración neurológica dirigida, revisión de pruebas complementarias (cuando las hay) y, sobre todo, una lectura integradora de todos estos elementos.
Una vez descartadas causas estructurales o lesiones evidentes y se confirma que estamos ante un cuadro de dolor persistente sin daño, el abordaje se enfoca desde cinco pilares clave:
- El modelo cognitivo (la forma en que la persona entiende y se relaciona con su dolor).
- El miedo (como factor de amenaza y perpetuación del síntoma).
- Las emociones (como parte fundamental en la construcción del dolor).
- El movimiento (como vehículo de seguridad y reconexión corporal).
- El propósito (el sentido y dirección de vida que muchas veces queda bloqueado).
Se trata de dotar al paciente de herramientas que le permitan adoptar un rol activo en su proceso, revisando su modelo interno y trabajando con su cuerpo para generar experiencias correctivas de seguridad. Esto implica enseñar un nuevo lenguaje del dolor, acompañando al sistema nervioso a transitar de un estado de amenaza a uno de seguridad.
El papel del médico aquí no es el de solucionar desde fuera, sino el de acompañar, guiar y ofrecer un marco de comprensión, mientras el paciente recorre su propio camino de transformación. La medicación puede tener un rol coadyuvante si es necesario, pero nunca debe ser vista como la solución central.
En definitiva, se trata de ir construyendo nuevas vías de procesamiento, de seguridad, de escucha, que hagan innecesario seguir transitando por los antiguos caminos de sufrimiento. No es solo apagar el síntoma, sino transformar el terreno desde donde este emerge.
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- ¿Qué recomendaciones prácticas sueles dar a tus pacientes para manejar mejor el dolor en su día a día?
Lo primero que suelo recordarles es que no tengan prisa. Estamos hablando de un proceso de cambio profundo, que implica revisar y reeducar patrones que, muchas veces, llevan años instalados. No se trata de “eliminar el síntoma” de forma inmediata, sino de emprender un camino de transformación más profundo. Por eso, les animo a confiar en el proceso, a sostenerse incluso cuando los resultados no son lineales o rápidos.
Una de las claves es volver a escuchar al cuerpo sin miedo, desde una mirada curiosa y compasiva. Empezar a habitarlo de nuevo, sin exigencia, reconociendo sus señales y aprendiendo a interpretarlas sin caer automáticamente en la alarma o el rechazo.
También es esencial priorizar el descanso, bajar el nivel de autoexigencia, empezar a poner límites y atender necesidades propias que muchas veces han estado silenciadas. Trabajamos mucho en regular el estrés, tanto desde la mente como desde el cuerpo, ya que mantener al sistema nervioso en un estado de alerta continuo solo perpetúa la experiencia de amenaza y, con ello, del dolor.
Siempre les insisto en que el progreso no es lineal. Habrá avances y retrocesos, y eso no es un fallo, sino parte natural del proceso de cambio. Lo importante es sostenerse y seguir caminando. Esos pequeños pasos, si se mantienen en el tiempo, son los que van generando una transformación real y sostenida.
A lo largo del acompañamiento terapéutico, vamos incorporando herramientas muy concretas, prácticas sencillas adaptadas a su día a día: ejercicios de conexión corporal, de respiración, visualización, regulación emocional, movimiento consciente, reformulación de creencias… Todo esto con el objetivo de que el paciente se vuelva protagonista activo de su proceso y comience a habitar su cuerpo y su vida desde un lugar más seguro y conectado consigo mismo.
- ¿Qué papel juegan el sueño, el estrés y las emociones en el dolor crónico?
El sueño, el estrés y las emociones no son factores secundarios en el dolor crónico: forman parte del núcleo que lo sostiene y lo amplifica. Todos ellos influyen directamente en el funcionamiento del sistema nervioso, especialmente en su capacidad para regular la amenaza y la seguridad.
Cuando una persona duerme mal de forma mantenida, el sistema nervioso pierde uno de sus principales mecanismos de reparación y regulación. El sueño es el momento en el que el cerebro “resetea”, integra experiencias y reduce la hiperactivación. Sin descanso adecuado, el sistema nervioso permanece más sensible, reactivo y con menor capacidad para modular las señales de dolor. Es como si el volumen del sistema de alarma quedara permanentemente alto.
El estrés crónico actúa de manera muy similar. Vivir en un estado continuo de exigencia, preocupación o hiperalerta mantiene activados los circuitos de supervivencia. El cuerpo interpreta que el entorno no es seguro y responde sosteniendo la tensión, la vigilancia y la anticipación de peligro. En ese contexto, el dolor aparece y se mantiene como una señal protectora, aunque ya no exista una amenaza real en los tejidos. El problema no es el estrés puntual, sino su cronificación sin espacios de descarga ni regulación.
Las emociones también desempeñan un papel fundamental. Las emociones no expresadas, reprimidas o sostenidas durante mucho tiempo sin poder ser elaboradas no desaparecen: buscan otras vías de salida. El cuerpo se convierte entonces en un canal de expresión cuando no hay espacio para reconocer, sentir o simbolizar lo que ocurre a nivel emocional. El dolor puede funcionar como un lenguaje corporal que da forma a conflictos internos, pérdidas, miedos o tensiones no resueltas.
Desde esta perspectiva, el dolor crónico no es un fallo del organismo, sino una respuesta adaptativa de un sistema nervioso que ha aprendido a protegerse manteniéndose en alarma. Dormir mal, vivir con estrés y cargar emociones no procesadas actúan como combustible que mantiene esa alarma encendida.
Por eso, abordar el dolor crónico implica ir más allá del síntoma físico y trabajar también sobre el descanso, la regulación del estrés y el vínculo con el mundo emocional. No para “culpar” al paciente, sino para ofrecerle nuevas herramientas que permitan al sistema nervioso recuperar la sensación de seguridad y, con ello, reducir la necesidad de seguir expresándose a través del dolor.
- ¿Crees que la alimentación y el estilo de vida pueden influir realmente en la evolución del dolor?
Sí, y mucho más de lo que solemos pensar. Al igual que el sueño, el estrés y las emociones, la alimentación y el estilo de vida no son elementos accesorios, sino factores de base que influyen de forma directa en la evolución del dolor crónico y, en general, en cualquier proceso de salud o enfermedad.
La conocida frase “somos lo que comemos y lo que hacemos” refleja una realidad profunda: nuestro cuerpo y nuestro sistema nervioso se construyen día a día a partir de los hábitos cotidianos. La alimentación aporta los materiales con los que el organismo funciona, se repara y se regula. Una nutrición pobre o desordenada no suele ser la causa directa del dolor, pero sí puede crear un terreno biológico que favorece la fatiga, el sistema de alerta y una menor capacidad de recuperación.
El estilo de vida actúa de forma complementaria. Los ritmos acelerados, la falta de pausas, el sedentarismo o, por el contrario, la sobreexigencia constante envían al sistema nervioso un mensaje continuado de amenaza o de exigencia. Cuando el cuerpo no dispone de espacios de regulación, movimiento amable, descanso y disfrute, el sistema nervioso tiende a mantenerse en alerta, lo que facilita que el dolor se cronifique.
Desde este enfoque, alimentación y estilo de vida no se entienden como “soluciones mágicas” ni como una lista de normas rígidas, sino como parte del terreno sobre el que se asienta el sistema nervioso. Un terreno más estable, predecible y nutritivo favorece que la persona y su sistema nervioso baje la guardia y reduzca la necesidad de proteger a través del dolor.
Además, el propósito y el sentido vital también forman parte del estilo de vida. No solo importa qué comemos o cuánto nos movemos, sino cómo vivimos, para qué vivimos y si nuestra vida tiene espacios de coherencia, conexión y significado. Cuando una persona siente que su vida va en una dirección alineada con sus valores, el cuerpo suele dejar de estar en modo supervivencia constante.
Por todo ello, trabajar el dolor crónico implica mirar más allá del síntoma y atender al conjunto de hábitos diarios. No para generar culpa o exigencia, sino para ofrecer al sistema nervioso nuevas condiciones que faciliten la regulación, la seguridad y, con ello, una mejor evolución del dolor.
- ¿Qué lugar ocupan el ejercicio, el movimiento o la fisioterapia en el tratamiento del dolor crónico?
El ejercicio, el movimiento y la fisioterapia ocupan un lugar central dentro del abordaje del dolor crónico. No como una intervención puramente mecánica, sino como una herramienta clave de reeducación del sistema nervioso. Desde este enfoque el movimiento no se entiende como un medio para “aguantar” el dolor, sino como una vía para recuperar seguridad, confianza, libertad corporal y generar en ultima instancia esa neuroplasticidad que tanto ayuda en el proceso de reversión del dolor.
El dolor crónico suele ir acompañado de miedo, y uno de los miedos más frecuentes y limitantes es el miedo al movimiento. Con el tiempo, la persona aprende —de forma automática e inconsciente— a asociar movimiento con daño, peligro o empeoramiento. Esta asociación no surge por casualidad: en el dolor agudo, cuando existe una lesión real, el reposo tiene sentido y cumple una función protectora. El problema aparece cuando esa lógica se mantiene en el tiempo, incluso cuando el tejido ya está reparado.
En el dolor crónico, a través de la repetición y el aprendizaje, se genera una correlación errónea, pero muy potente desde el punto de vista predictivo: moverse = peligro. Esta predicción se refuerza con cada experiencia de evitación, dando lugar a un círculo vicioso de miedo, hipervigilancia, sedentarismo y aumento del dolor. Cuanto menos se mueve la persona, más frágil se percibe su cuerpo y más sensible se vuelve el sistema nervioso.
Paradójicamente, en ausencia de daño estructural activo, ocurre justo lo contrario a lo que el cerebro teme: es el movimiento el que favorece la mejoría. El movimiento genera factores tróficos, mejora la circulación, la función muscular y articular, y, sobre todo, envía señales de seguridad al sistema nervioso. No se trata únicamente de músculos y articulaciones, sino de aprendizaje neuronal.
Por eso, el trabajo con movimiento en dolor crónico requiere un enfoque específico. No se basa en forzar ni en “aguantar”, sino en una exposición progresiva y segura al movimiento. En muchas ocasiones, el primer paso no es moverse físicamente, sino trabajar desde la visualización. Existen estudios que muestran que imaginar un movimiento activa áreas cerebrales muy similares a las que se activan al realizarlo, lo que permite empezar a desmontar el miedo sin generar amenaza.
A partir de ahí, se introducen experiencias corporales graduadas, respetuosas y adaptadas a cada persona, con el objetivo de que el cuerpo vuelva a experimentar el movimiento como algo seguro. Cada pequeño gesto, cada avance, ayuda a actualizar las predicciones del cerebro y a romper la asociación entre movimiento y peligro.
En la terapia de reversión del dolor, este trabajo se aborda de forma específica en el Pilar 4, entendiendo que el movimiento no es una técnica para eliminar el dolor de forma directa, sino el fin último al que queremos volver: una vida vivida con movimiento, libertad y confianza corporal. El dolor se reduce como consecuencia de que el sistema nervioso deja de necesitar proteger a través de la alarma.
En definitiva, no se trata de obligar al cuerpo a moverse, sino de enseñarle, paso a paso, que puede hacerlo sin miedo. El movimiento es uno de los moduladores más potentes del sistema nervioso y una de las herramientas más transformadoras en el abordaje del dolor crónico cuando se utiliza desde un marco de seguridad, sentido y respeto.
- ¿Cuál es el mito más común sobre la fibromialgia o el dolor crónico que te gustaría desterrar?
Sin duda, el mito más extendido es pensar que dolor es sinónimo de daño y que es una situación crónica incurable con la que no se puede hacer nada.
Esta correlación entre dolor y daño, que no implica causalidad, está muy presente en las personas con dolor crónico y es una de las que más sufrimiento añadido genera.
La propia IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) define el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada o similar a la asociada a un daño real o potencial. Esto sitúa al dolor más cerca del ámbito de las emociones que a la de un estimulo nervioso. Actuaria mas como una respuesta de protección del sistema nervioso que como una prueba directa de lesión.
Cuando el dolor se interpreta automáticamente como señal de daño, se activan el miedo, la incertidumbre y la hipervigilancia corporal. Esto empuja al paciente a un bucle de pruebas, consultas y búsqueda constante de una causa que muchas veces no existe o no explica la intensidad del dolor. Lejos de ayudar, este proceso mantiene al sistema nervioso en alerta, dificultando la mejoría.
Desterrar este mito no es negar el dolor, sino comprenderlo desde un marco más amplio: el dolor es real, pero no siempre indica que el cuerpo esté dañado, sino que el sistema nervioso está protegiendo en exceso y que igual que ha aprendido a protegerse de más también se puede aprender a no hacerlo. El sistema nervioso es tremendamente neuroplástico y reentrenable siempre que se cuente con las herramientas y acompañamiento adecuado.
- ¿Qué te gustaría que la sociedad y el entorno cercano entendieran mejor sobre las personas que viven con dolor persistente?
Me gustaría que se entendiera que el dolor persistente es una patología muy frecuente y, sin embargo, una de las peor comprendidas. Se trata muchas veces desde un enfoque erróneo y reduccionista, lo que hace necesario un cambio profundo en el modelo actual con el que lo abordamos.
Resulta paradójico que en pleno siglo XXI, con un enorme desarrollo de la tecnología, la ciencia y las pruebas complementarias, y cada vez con más especialistas implicados, el dolor crónico siga siendo una de las grandes epidemias no resueltas de nuestro tiempo. Esto invita a pensar que quizá no hacen falta más pruebas ni más datos, sino una ampliación de la mirada. Tal vez el problema no esté en lo que falta por medir, sino en lo que no estamos sabiendo mirar.
El dolor persistente es un fenómeno complejo que no puede entenderse ni tratarse únicamente desde lo físico. Requiere abrir la puerta a las dimensiones psicológica, social y, sobre todo, humana. Implica volver a poner el foco en la persona y no solo en el síntoma o en la etiqueta diagnóstica, y comprender que el sufrimiento atraviesa todas las esferas de la vida de la persona.
Esto pasa también por trabajar más en equipo, desde enfoques integradores, y por recuperar aspectos que se han ido perdiendo en la práctica clínica: la palabra, la escucha, el tiempo y el vínculo terapéutico. El paciente no puede ser un sujeto pasivo al que se le hacen pruebas, sino una parte activa del proceso de comprensión y recuperación.
En definitiva, me gustaría que se recuperara una visión verdaderamente humana del dolor, centrada en la persona que lo sufre y no únicamente en lo que muestran las pruebas. Solo desde ahí podremos empezar a abordar el dolor persistente de una manera más eficaz, respetuosa y transformadora.
- ¿Qué mensaje le darías a alguien que acaba de recibir un diagnóstico de fibromialgia y se siente perdido o desbordado?
A alguien que acaba de recibir un diagnóstico de fibromialgia y se siente perdido o desbordado le diría esto:
No estás solo. Lo que sientes es real, aunque no siempre se vea en una prueba o en una imagen. Tu dolor no es imaginado, exagerado ni una debilidad: es la expresión de un sujeto con un sistema nervioso que lleva tiempo en alerta, intentando protegerse de algo que interpreta como amenaza.
No estás roto. Tu cuerpo no ha fallado. Lo que ocurre es que tus mecanismos de protección se han vuelto demasiado sensibles, como una alarma que suena incluso cuando ya no hay fuego. Y entender esto —comprender qué te pasa y por qué— es el primer paso para empezar a cambiar la relación con el dolor.
Hoy sabemos mucho más sobre la fibromialgia que hace años. Existen avances, nuevos enfoques y, sobre todo, muchas personas que han conseguido mejorar su calidad de vida cuando se les ha ofrecido una mirada más amplia, humana e integradora. No hay una única solución mágica, pero sí caminos posibles.
El diagnóstico no es una condena ni una identidad. No eres una etiqueta ni un nombre clínico que te acompañará para siempre. El diagnóstico sirve para poner palabras a lo que ocurre y poder hacernos cargo de ello con más comprensión, mejores herramientas y profesionales adecuados. Sirve para abrir puertas, no para cerrarlas.
Este proceso no va de “aguantar” ni de “resignarse”, sino de aprender, recuperar recursos, escucharte y volver a habitar tu cuerpo con más seguridad. Y eso no tienes que hacerlo solo. Pedir ayuda, apoyarte y dejarte acompañar también es una forma de fortaleza.
Hay camino. Hay margen. Y aunque ahora todo parezca confuso o abrumador, no define quién eres ni hasta dónde puedes llegar.
- Para terminar, ¿qué te gustaría decirles a las personas que conviven con dolor crónico y a quienes las acompañan cada día?
El dolor no define a la persona. No dice quién eres, ni tu valor, ni todo lo que puedes llegar a ser. Es una experiencia que atraviesa, que condiciona, pero que no agota la identidad ni la historia de nadie.
Los procesos de recuperación no son lineales ni rápidos. Requieren tiempo, paciencia, compasión y un entorno que acompañe sin exigir. Aprender a convivir con el dolor mientras se transforma es un camino, no una carrera. Y en ese camino, acompañar no significa arreglar, corregir ni empujar: acompañar es estar, creer, escuchar y sostener mientras la persona va encontrando sus propios recursos y recuperando poco a poco su autonomía.
Este proceso se parece a aprender un nuevo lenguaje. Un lenguaje distinto para relacionarse con el cuerpo, con las sensaciones, con el miedo y con la vida. Al principio cuesta, se duda, se cometen errores. Pero con las herramientas adecuadas, práctica y apoyo, se puede aprender a escribir una historia diferente, más amable y más propia.
No estáis solos. Cada vez hay más profesionales, enfoques y miradas que trabajan para que las personas con dolor sean vistas, escuchadas y comprendidas. El paradigma está cambiando. Quizá no tan rápido como quisiéramos, pero se mueve en una dirección más humana, más integradora y más esperanzadora.
A quienes acompañan: vuestro papel es valioso, pero también exigente. Cuidar implica también cuidarse. Para ayudar de verdad es necesario aprender, informarse y sostener sin perderse en el proceso. No se trata de cargar con el dolor del otro, sino de caminar al lado, facilitando, apoyando y ayudando a que la persona pueda aprender y trabajar lo que necesite, a su ritmo.
Somos seres profundamente sociales. Sanamos en vínculo, en presencia y en relación. Acompañarnos unos a otros, con respeto y amor, también forma parte del proceso de recuperación. Ayudar no es hacerlo todo por el otro, sino confiar en su capacidad de avanzar mientras no camina solo.
Hay camino. Hay red. Y hay esperanza.
El «Sobre mí» de su página web
Esta entrevista con Beatriz no deja respuestas simples, porque el dolor crónico y la fibromialgia no lo son. Pero sí deja algo mucho más valioso: una mirada que valida, comprende y abre posibilidades. Una forma de entender el dolor que se aleja del reduccionismo y devuelve al centro a la persona, su historia y su experiencia.
A lo largo de sus palabras aparece un mensaje claro: el dolor es real, aunque no siempre se vea en una prueba; no define a quien lo sufre; y no es una condena inamovible. Existen caminos, enfoques y herramientas que permiten transformar la relación con el dolor cuando el sistema nervioso deja de vivir en modo amenaza y empieza a recuperar seguridad.
Desde StopFibromialgia esperamos que esta conversación te haya aportado claridad, alivio y, sobre todo, la sensación de no estar solo o sola. Compartir información rigurosa, humana y esperanzadora también forma parte del proceso de cambio que tantas personas necesitan.
Seguimos trabajando para visibilizar, acompañar y construir una comunidad donde el dolor sea escuchado, comprendido y tratado con la dignidad que merece. Porque el cambio de paradigma no solo es posible: ya está en marcha.







