Entrevista a Mónica (La Esencia de Mónica)
De la exigencia estética al cuidado consciente: cuando la piel también habla
A veces el cuerpo empieza a hablar cuando llevamos demasiado tiempo viviendo en piloto automático.
Mónica lo sabe bien. Durante años buscó perfección en lo externo: maquillaje, ropa, cosmética, imagen impecable. Pero mientras intentaba mejorar lo que veía en el espejo, su piel empezó a reaccionar con rojeces, sensibilidad, irritación. Fue ahí cuando algo cambió. Dejó de preguntarse cómo taparla y empezó a preguntarse cómo comprenderla.
Así nació La Esencia de Mónica: no como un negocio de cosmética más, sino como una transición personal. De la exigencia a la coherencia. Del consumo automático al cuidado consciente. De querer corregir rápido a respetar los tiempos naturales de la piel.
En Stop Fibromialgia hablamos mucho de esa relación complicada con el cuerpo cuando aparece el dolor crónico. Cuando sientes que tu cuerpo no responde como antes. Cuando hay fatiga, sensibilidad, inflamación o ansiedad.
Por eso esta conversación va más allá de la piel. Habla de diálogo interno, de simplificar, de escuchar límites y de transformar pequeños gestos en espacios reales de calma.
Hoy conversamos con Mónica, de tú a tú.
- Mónica, ¿cómo nace La Esencia de Mónica? ¿Qué te llevó a crear este proyecto tan personal?
La Esencia de Mónica nace en un momento de cambio personal.
Durante años estuve bastante desconectada de mí misma, viviendo en un piloto automático donde el cuidado exterior era casi algo obligado para mi, salir a la calle sin maquillarme y arreglarme era como una exigencia constante. Compraba lo último en ropa, maquillaje, cosméticos… siempre buscando verme mejor, más perfecta, y me sentía obsesionada con lo estético.
Pero cuanto más intentaba perfeccionar lo externo, peor sentía mi piel durante el día. Entonces es cuando me di cuenta de que mi piel empezó a reflejar: rojeces, granitos, irritación y sensibilidad constante.
Antes de crear el proyecto, yo ya tenía una inquietud emprendedora. Y por eso me formé como maquilladora profesional haciendo un máster de maquillaje profesional y caracterización, que me permitió poder trabajar en sesiones fotográficas, con novias e invitadas. La verdad que fue una etapa muy bonita, creativa y artística, que disfruté mucho.
Sin embargo, esa experiencia también me llevó a hacerme una pregunta más profunda:
¿Qué pasa con la piel cuando no está bajo focos ni bases cubrientes? ¿Cómo debo prepararla para que dure y dure el mayor tiempo posible?
Ahí empezó mi verdadero interés por comprender la piel más allá de lo estético.
Quería entenderla, no taparla.
En ese proceso de pausa y reflexión, especialmente al querer dedicar más tiempo a mi familia, descubrí el mundo de los aceites esenciales. Fue el inicio de un camino más consciente, más natural y más conectado con el autocuidado real.
Lo que comenzó como curiosidad por lo natural se transformó en estudio, formación en dermocosmética natural para saber comprender mejor la piel, y posteriormente en una formación para convertirme en profesora de cosmética natural.
Diseñar una fórmula personalizada para cada estado de la piel en cada momento es lo más gratificante para mi.
Por eso ahora La Esencia de Mónica ha evolucionado a algo más profundo, que es cuidar de la piel con conciencia, la creación de algo que aporte al mundo con propósito.
Hoy el proyecto representa esa transición:
De la exigencia estética a la comprensión de la piel.
Del consumo automático al cuidado consciente.
De querer corregir la piel con maquillaje a intentar comprenderla.
- Hablas mucho de “esencia” y de conexión interior. ¿Qué significa realmente para ti vivir desde la esencia?
Para mí, vivir desde la esencia no tiene que ver con algo místico, sino con coherencia.
Durante años me dejé llevar mucho por lo externo: tendencias, expectativas, cómo debía verme o qué productos debía usar. Eso me generaba una sensación constante de exigencia.
Con el tiempo entendí que vivir desde la esencia es actuar desde lo que realmente encaja contigo, no desde lo que marca el entorno.
En mi caso fue simplificar, dejar de intentar tapar mi piel y empezar a comprenderla. Fue aceptar que el cuidado no tenía que ser una lucha constante por corregir, sino una forma de equilibrio.
La palabra “esencia” también apareció en mi vida a través de los aceites esenciales, que fueron mi primer acercamiento al mundo natural. Me gustó la idea de trabajar con lo más concentrado y puro de una planta, y esa metáfora me acompañó: quedarme con lo esencial y eliminar lo superfluo.
Para mí, vivir desde la esencia es eso: menos exigencia, más coherencia y un cuidado que tenga sentido tanto por dentro como por fuera
- Tu enfoque en cosmética natural va más allá de la belleza. ¿Dirías que es una forma de autocuidado consciente?
Sí, totalmente. Para mí la cosmética natural es una forma de autocuidado consciente porque implica elegir con intención qué ponemos sobre nuestra piel.
Va más allá de la estética. Tiene que ver con las sensaciones, con las texturas, con los aromas y con la experiencia que genera aplicarlo. Es una forma de traer un poco de naturaleza a nuestro día a día, incluso desde algo tan cotidiano como el baño de casa.
Pero también es consciente en un sentido técnico: elegir ingredientes de origen natural, comprender su función y evitar sobrecargar la piel forma parte de esa decisión.
Además, el olfato juega un papel importante. El sistema olfativo está directamente conectado con el sistema límbico, que regula emociones y memoria. Por eso los aromas pueden influir en cómo nos sentimos mientras nos cuidamos.
No se trata solo de aplicar una crema, sino de hacerlo desde un estado más presente y menos automático. Ahí es donde el cuidado deja de ser superficial y se convierte en algo más integral.
- Muchas personas con fibromialgia sienten que su cuerpo “les ha fallado”. Desde tu experiencia, ¿cómo podemos reconciliarnos con nuestro cuerpo?
No puedo saber lo que se siente, de forma directa, pero si entender y ponerme en su lugar, desde mi humilde experiencia, que en mi caso personalmente, es con tener una piel sensible y con algún pequeño brote ocasional de rosácea, donde llegas a tener la piel irritada, con ardores, calor y sensación de sequedad. Y son momentos en los que no hay mucho consuelo, porque se pasa mal, y no son nada fáciles, pero sí que veo que en esos momentos tenemos que hablarnos bonito. Una práctica de apoyo emocional que aprendí hace poco es a darnos amor, con lo que mentalmente nos decimos, es como maternarse, aunque sea complicado sacar esas palabras mentales cuando sientes que tu cuerpo no está respondiendo como querrías, es una manera de decirnos, esto solo es algo transitorio y todo pasará.
No es que sea la misma situación pero creo que desde un enfoque más humano podemos trabajar más con nuestras emociones a través de un trabajo mental en el que podamos hacernos preguntas que nos hagan sentirnos mejor para poner el foco más en lo bueno que en solo en lo malo. Una forma podría ser preguntarte ¿qué necesito ahora para sentirme mejor? ¿cómo puedo darme más amor?
- El dolor crónico genera mucha ansiedad. ¿Qué papel juega el ritual diario (como aplicarse una crema con calma) en la regulación emocional?
No puedo saber de forma directa lo que siente una persona con fibromialgia, pero sí intento acercarme desde la empatía y el respeto.
En mi caso, lo más parecido que he vivido ha sido a través de mi piel sensible, especialmente en momentos de brotes de rosácea, donde aparecen ardor, irritación o sensación de incomodidad constante. Evidentemente no es la misma situación, pero me ha permitido comprender lo difícil que es cuando el propio cuerpo no responde como esperas.
En esos momentos he aprendido que luchar contra el cuerpo solo genera más tensión. La reconciliación empieza cuando dejamos de verlo como un enemigo y empezamos a tratarlo con más amabilidad.
Algo que me ha ayudado es cuidar mucho el diálogo interno. En lugar de enfadarme con lo que me pasa, intento preguntarme qué necesito en ese momento: más descanso, más calma, menos exigencia.
No se trata de negar el malestar, sino de no añadirle más dureza emocional.
Creo que esa escucha y ese trato más amable hacia el propio cuerpo pueden ser un primer paso para reconstruir la relación con él, incluso en situaciones complejas.
- ¿Crees que el simple acto de dedicarte 5 minutos al día puede marcar una diferencia real en el bienestar?
Sí, creo que incluso 5 minutos pueden marcar una diferencia real.
No tanto por la duración, sino por lo que representan. En el día a día solemos funcionar en piloto automático, priorizando todo lo externo y dejando el autocuidado en último lugar.
Dedicarse unos minutos, aunque sean pocos, ya implica un cambio de enfoque: parar, atenderse y reconocerse como prioridad.
Además, el cuidado personal tiene un componente físico muy directo. El contacto de las manos sobre la piel, los movimientos suaves o los aromas pueden ayudar a reducir la activación del sistema nervioso y generar una sensación de calma.
No hace falta que sea una rutina larga ni perfecta. En personas con fatiga o dolor, cinco minutos sostenidos en el tiempo pueden ser más realistas y beneficiosos que intentar hacer mucho y no poder mantenerlo.
Al final, lo importante no es la cantidad, sino la constancia y la intención con la que se realiza ese gesto de cuidado.
- En fibromialgia hablamos mucho de inflamación y sensibilidad. ¿Qué importancia tiene usar productos naturales y respetuosos con la piel cuando el sistema nervioso está hiperestimulado?
No soy experta en fibromialgia, pero desde mi experiencia con piel sensible sí veo una relación clara entre sistema nervioso y reactividad cutánea.
Cuando el sistema nervioso está hiperestimulado ya sea por estrés o dolor, la piel también puede volverse más reactiva: aparecen irritaciones, sensación de ardor o menor tolerancia a ciertos productos.
En ese contexto, utilizar cosmética respetuosa cobra especial importancia. No se trata solo de que los ingredientes sean de origen natural, sino de que las fórmulas sean suaves, poco estimulantes y afines a la piel.
Hoy en día utilizamos muchos productos distintos a lo largo del día, cada uno con aromas, texturas y activos diferentes. Esa suma de estímulos puede resultar excesiva para pieles sensibles o para personas con alta carga sensorial.
Por eso, más que hablar de cantidad, suelo enfocarlo en calidad y simplicidad. Rutinas más minimalistas, con menos productos pero mejor seleccionados, pueden ayudar a reducir la sobre estimulación cutánea y sensorial.
El objetivo no es hacerlo perfecto ni eliminar todo lo que nos rodea, sino crear un entorno de cuidado más calmante y menos invasivo para la piel y el bienestar general.
- ¿Cómo influye el estrés en la piel y en la salud en general, según tu experiencia?
El estrés influye de forma muy directa tanto en la piel como en la salud general.
Cuando atravesamos períodos prolongados de estrés, el cuerpo activa mecanismos hormonales, como el aumento del cortisol, que afectan a distintos órganos, y la piel no es una excepción.
En mi experiencia con piel sensible y rosácea, he observado que muchas veces el brote no aparece en el momento más intenso de estrés, sino cuando el cuerpo empieza a relajarse tras un periodo sostenido de tensión. Es como si el impacto se manifestará después.
A nivel cutáneo, el estrés puede aumentar la pérdida de agua transepidérmica y alterar la función barrera. Eso se traduce en sensación de sequedad, tirantez, mayor sensibilidad y menor tolerancia a productos que antes funcionaban bien.
Cuando sé que estoy atravesando una etapa estresante, intento anticiparme: refuerzo la hidratación, simplifico la rutina y evito estímulos innecesarios. No siempre se puede evitar el estrés, pero sí podemos apoyar la piel para que el impacto sea menor.
En contextos donde el sistema nervioso ya está muy activado, como puede ocurrir en la fibromialgia, este equilibrio entre estrés y piel puede ser aún más evidente.
- ¿Cómo podemos transformar el autocuidado en un acto de amor propio y no en una obligación más?
Creo que la clave está en la intención con la que vivimos el autocuidado.
Cuando lo convertimos en una lista más de tareas pendientes, pierde completamente su sentido y puede llegar a generar rechazo, sobre todo en momentos de cansancio o sobrecarga.
Para mí, transformarlo en un acto de amor propio empieza por hacerlo sencillo y accesible. No hace falta mucho tiempo ni rutinas complejas. A veces pequeños gestos sostenidos marcan más diferencia que grandes esfuerzos puntuales.
También ayuda cuidar el entorno: tener tus productos a la vista, en una bandeja o en una cesta bonita, puede parecer algo simple, pero invita a que ese momento sea más agradable y menos automático.
Al final se trata de cambiar la mirada: no verlo como algo que “tienes que hacer”, sino como un espacio breve para atenderte, parar y dedicarte unos minutos sin exigencia.
Ahí es donde el autocuidado deja de ser obligación y se convierte en algo nutritivo.
- Cuando alguien vive con fatiga crónica, como ocurre en la fibromialgia, la energía es limitada. ¿Qué pequeños gestos recomendarías para cuidarse sin agotarse?
Cuando la energía es limitada, el autocuidado tiene que adaptarse a esa realidad, no imponerse sobre ella.
No hacen falta rutinas largas ni complejas. Con dos o tres gestos bien elegidos puede ser suficiente para mantener la piel cuidada sin generar más agotamiento.
La clave está en integrarlo dentro de acciones que ya forman parte del día a día. Por ejemplo, aprovechar el momento de la ducha para realizar también la limpieza facial, tener los productos a mano y evitar pasos adicionales fuera de ese espacio.
Lo mismo ocurre con la exfoliación, que puede hacerse de forma puntual dentro de la rutina de higiene habitual, sin añadir tiempos extra.
Para la hidratación corporal, una opción muy práctica es aplicar un aceite vegetal sobre la piel aún húmeda antes de salir de la ducha. Al mezclarse con el agua se forma una ligera emulsión que facilita la extensión, nutre la piel y evita tener que aplicar después una crema adicional.
Son pequeños ajustes que permiten cuidarse sin gastar más energía de la necesaria, respetando los límites del cuerpo en cada momento.
- ¿Has visto casos donde mejorar la relación con la piel y el cuerpo haya influido positivamente en el estado emocional?
Sí, lo he visto tanto en mí misma como en mujeres a las que he acompañado a través de la cosmética natural o del maquillaje.
La relación que tenemos con nuestra piel influye mucho más de lo que parece en el estado emocional. Cuando la piel está alterada o no nos sentimos cómodos con nuestro aspecto, eso impacta directamente en la seguridad, en la forma de mirarnos y de relacionarnos con los demás.
No se trata de cumplir estándares de belleza ni de buscar perfección, sino de sentirte en armonía con tu propia imagen.
He visto cómo, cuando una mujer empieza a comprender su piel, a cuidarla desde el respeto y no desde la lucha, cambia también su diálogo interno. Deja de mirarse con juicio y empieza a hacerlo con más amabilidad.
Lo mismo ocurre con el maquillaje cuando se usa desde un lugar consciente: no para esconderse, sino para realzar y acompañar.
Ese cambio de mirada de exigencia a cuidado tiene un impacto muy positivo en el estado emocional, porque refuerza la relación con una misma, no solo la imagen externa.
- ¿Qué errores cometemos cuando hablamos de bienestar y belleza en la sociedad actual?
Desde mi punto de vista, uno de los errores más frecuentes cuando hablamos de bienestar es confundirlo con consumo.
Vivimos en una cultura donde parece que siempre necesitamos algo más para sentirnos mejor: más productos, más rutinas, más estímulos. Pero muchas veces ese exceso actúa como un parche momentáneo y no aborda lo que realmente necesitamos, que suele ser parar, simplificar o reconectar con nuestro propio ritmo.
El bienestar no siempre se construye añadiendo, sino reduciendo lo que nos sobrecarga.
En cuanto a la belleza, veo un patrón similar: la búsqueda constante de resultados rápidos.
Tratamientos muy agresivos, activos muy potentes o procesos que fuerzan la renovación de la piel pueden tener sentido en algunos casos, pero no siempre respetan los tiempos ni la fisiología cutánea, especialmente en pieles sensibles o reactivas.
Creo que el error está en entender la belleza como corrección inmediata en lugar de como equilibrio a largo plazo.
Para mí, tanto el bienestar como la belleza necesitan volver a un lugar más coherente: menos exigente, más respetuoso y más alineado con los ritmos naturales de la piel y del cuerpo.
- ¿Cómo influye la naturaleza en tu forma de entender la salud y el cuidado personal?
La naturaleza ha influido en mi forma de entender la salud y el cuidado personal desde un lugar muy práctico.
Al empezar a acercarme al mundo natural, primero a través de los aceites esenciales y después de la cosmética natural, me di cuenta de algo importante: la naturaleza funciona desde el equilibrio, no desde el exceso.
No busca resultados inmediatos ni agresivos, sino procesos más respetuosos y sostenibles.
Esa forma de funcionar me hizo replantearme también cómo estaba cuidando mi piel y mi bienestar. Pasé de utilizar productos muy estimulantes o correctivos a buscar fórmulas más afines a la piel, que la acompañaran sin sobrecargarla.
También me ayudó a simplificar. A entender que más activos, más pasos o más impacto no siempre significan mejor cuidado.
La naturaleza me enseñó a observar más y a intervenir menos: a respetar los ritmos, a adaptar el cuidado a cada etapa y a priorizar la salud de la piel a largo plazo frente a resultados rápidos.
Por eso, cuando hablo de cosmética natural, no me refiero solo a ingredientes de origen vegetal, sino a una manera más consciente y equilibrada de relacionarnos con el cuidado personal.
- ¿Qué papel juega la respiración y la presencia mientras aplicamos un producto o realizamos un gesto consciente?
La respiración y la presencia pueden parecer detalles pequeños, pero influyen más de lo que pensamos.
Muchas veces aplicamos un producto de forma automática, con prisa o incluso con cierta exigencia hacia nuestra piel. Cuando incorporamos una respiración más pausada y atención al gesto, el cuidado cambia.
Desde un punto de vista fisiológico, la respiración consciente ayuda a regular el sistema nervioso. Y cuando el cuerpo baja el nivel de alerta, la piel también suele reaccionar mejor.
No se trata de convertir cada rutina en un ritual complejo, sino de aprovechar esos minutos para frenar el ritmo. Aplicar una crema con movimientos suaves, respirar profundamente un par de veces y estar presente puede transformar un gesto mecánico en un momento de regulación.
En personas con piel sensible o con alta carga de estrés, estos pequeños cambios marcan diferencia. Porque el cuidado no es solo lo que aplicamos, sino también desde qué estado lo hacemos.
- ¿Qué has aprendido tú personalmente sobre escuchar tu cuerpo?
He aprendido que el cuerpo siempre avisa antes de que la mente quiera reconocerlo.
Durante mucho tiempo ignoré señales pequeñas: cansancio, irritación en la piel, tensión constante. Pensaba que era algo puntual o que simplemente tenía que adaptarme y seguir.
Con el tiempo entendí que escuchar el cuerpo no es algo abstracto. Es prestar atención a esas señales tempranas y ajustar antes de que el desequilibrio sea mayor.
En mi caso, la piel fue uno de esos indicadores. Cuando estaba más estresada o exigente conmigo misma, aparecían rojeces, granitos o sensibilidad. En lugar de intentar corregirlos rápidamente, aprendí a preguntarme qué estaba pasando en mi ritmo de vida.
Escuchar el cuerpo también implica aceptar límites: simplificar, descansar más, reducir estímulos cuando es necesario.
No siempre es fácil, porque vivimos en una cultura de productividad constante. Pero he comprobado que cuando me ajusto desde esa escucha, tanto mi piel como mi bienestar general responden mejor.
- Y para terminar, ¿quieres añadir alguna cosa más?
Me gustaría añadir que, cuando hablamos de autocuidado en contextos de sensibilidad o enfermedad crónica, es importante quitarle peso a la exigencia.
A veces sentimos que deberíamos hacer más, cuidarnos mejor o tener rutinas más completas, y eso puede generar frustración cuando la energía no acompaña.
Creo que el cuidado empieza justo en el punto donde estás, no donde crees que deberías estar.
Pequeños gestos sostenidos, escuchar el cuerpo y tratarlo con respeto ya es una forma válida y suficiente de bienestar.
No siempre se trata de hacer más, sino de hacerlo desde un lugar más amable y más realista.
>>> El cuidado empieza donde estás, no donde crees que deberías estar
Si algo deja clara esta conversación es que el autocuidado no empieza en el producto. Empieza en la relación.
En cómo te hablas cuando tu cuerpo no responde.
En cómo aceptas tus límites cuando la energía no alcanza.
En cómo decides simplificar en lugar de exigirte más.
Mónica no habla de perfección ni de resultados inmediatos. Habla de coherencia. De elegir menos estímulos cuando el sistema nervioso ya está sobrecargado. De respetar la piel cuando está reactiva. De entender que el bienestar no siempre se construye añadiendo más cosas, sino eliminando lo que sobra.
Y esto, en el contexto de la fibromialgia o del dolor crónico, es profundamente importante.
Porque cuando vives con sensibilidad, fatiga o ansiedad, el cuidado no puede ser una obligación más en la lista. Tiene que adaptarse a tu realidad. Tiene que ser amable. Sostenible. Realista.
Quizá no puedas cambiar el diagnóstico.
Quizá no puedas eliminar el dolor de un día para otro.
Pero sí puedes empezar por algo más pequeño y más poderoso:
hablarte con más suavidad.
escuchar lo que tu cuerpo te pide.
y cuidarte desde donde estás hoy.
A veces, volver a la esencia es simplemente eso.







